La cretina realidad (14)

Escenario A

Ya tenían mucho tiempo de cama, sábanas y alcoba. Años enteros esperando cigueñas, con el sobresalto infinito que produce esperar algo que no llega, en la boca del estómago, allí donde comienzan los problemas. Sesiones eternas de inseminación artificial, para ella. Sesiones mecánicas de masturbación en los baños de los hospitales, para él. En el fondo, unos nervios, unos llantos, unas ganas terribles de procrear. Un día la decisión de “adoptar” se abre como una ventana, y entra el aire fresco. Tranquilidad. Sosiego. Un niño húngaro del Lago Balatón esperaba en su ciudad natal a unos padres distintos. La madre, por fin, hizo el viaje a Hungría embarazada de dos meses.

Escenario B

Xiaomei -nombre chino real, pero no el real de esta historia- tenía un año y medio cuando unos padres españoles buscaban adoptar a una criatura china. Los jóvenes padres hicieron el viaje hasta la misma China para encontrar la felicidad. Y la encontraron, al menos entre ellos. Tuvieron a la niña durante una semana, tiempo estimado para el conocimiento mutuo y preliminar entre padres y niños, y entre padres. Sin embargo, los jóvenes no tenían claro aquello de ser padres y soportar niños ajenos. No era cuestión de dinero. No. De hecho, Xiamoei teóricamente heredaría la dote que las autoridades exigen a los extranjeros para adoptar niños, a petición de los no-padres. Un par de fotos. La muralla china. Los mercados. La comida asiática tal como es. Hasta que el avión regresó a España con unos padres jóvenes y compenetrados. Sin Xiamoei.

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La leche y los niños

Fuente de foto: Altaga

Desconozco hasta qué punto, la leche, tiene el alma tan negra que espanta a los niños. Diría, que a la mayoría de niños.

También desconozco por qué escribo un post tan lácteo como este. Aunque en el fondo, sé que se trata del combate diario que libro cada mañana para que mi niña se tome la leche.

He probado todo. Leche blanca, con chocolate, fría, caliente, con y sin de las más inimaginables cosas. En taza, en vaso, con el muñeco de Fluvi de la ex-Expo de Zaragoza, con el payaso de las mil muecas en todo el perímetro de la taza… En fin, no hay dibujo que convenza.

También he apelado al factor fuerza y al de crecimiento, que si no mi niña no vas a crecer, y quedarás pequeña por siempre hasta que termine el cuento.

He llegado a tocar el realismo sucio de Pedro Juan o de Charles Bukowski, como si la leche fuese algo literaturizable. Término que me indujo a mostrar fotos de niños africanos en plena metamorfosis hacia la muerte, para demostrar que la comida no es juego, o que no se juega con la comida, o que no se puede tirar leche ni comida como si fuese gratis o abundante o bien gestionada.

Mi niña comprendió. Su mente dió un vuelco y aceptó que el mundo tiene problemas, y seres de este planeta que no toman leche. Ella se tomó todo el vaso. Un día. Otro día. Pero de pronto se convirtió otra vez en una niña que no gusta de tomar leche.

A día de hoy, mi niña se toma la leche, al final, cuando se agota el tiempo, o a ras de las horas. Porque hago magia y combato con ardides de político. Algo es algo.

Lo último. Hace como que no se ha tomado el vaso de leche, y me invita a observar cómo no se lo ha tomado. Falso. Yo hago como que me toma el pelo. Y es feliz.

Poema: Estrella Roja

Algo nos puede caer en la cabeza
venido del infierno
propaganda impoluta
héroes flácidos y misceláneas

Algo nos recuerda cinco
bocanadas de falacia
antiestrella y antisangre
bandera que centrifuga como paño

Más no hay que cazar cometas ni símbolos
pues no alimentan

Quién murió y no tuvo a bien
puntas y lanzas
aristas que camuflan toda verdad
oportunidad de orgasmo y éxtasis

Algo nos puede caer en la cabeza
venido de la tumba
del más allá y quién murió
verdad rojo granate como el vino de la sangre

Más no se necesita tanto
pues no alimenta

a.c.rey.01.09.2009