Opinión: Rosa Díez tiende puente con Cuba
Ya sabemos que Rosa Díez visitó Cuba para -en calidad de turista y no como política española- entrevistarse con los principales promotores de los tan esperados cambios en la política cubana. Hablar, tal vez, como ningún político europeo ha hablado antes con aquellos que luchan a brazo partido con las sombras del poder en el hermético Estado de Cuba. Entre otros, con las Damas de Blanco, Yoani Sánchez, Elisardo Sánchez.
Sea en la calidad que sea me alegra mucho que Rosa Díez tome partido, precisamente, en el juego geoestratégico que representa Cuba, en el juego infeliz de los Derechos Humanos al cual parece abonado el gobierno cubano con el dado trucado.
Rosa, como toda mujer y acaso como toda flor, ha escrito una carta sentida donde da voz a algunas mujeres de las Damas de Blanco. Y así nos enteramos, como ya sabíamos, las inmensas dificultades que tienen ellas para defender a sus familiares presos.
Os dejo con un fragmento de la carta que Rosa Díez ha publicado en su blog. Habla una de las mujeres blancas:
“Un día decidimos marchar por las calles de Cuba para que el mundo supiera lo que estaba pasando en Cuba, para que se aprendieran los nombres de los presos, para que nadie olvidara esta injusticia, para que viéndonos a nosotras viera las caras de los nuestros, ciudadanos sin cara ni nombre conocido por nadie más que por el régimen que les quitó la libertad y por nosotras, sus familias”. “Salimos a la calle para que sepan que no les olvidamos; y para que nadie olvide”. “Salimos para pedir su libertad, para que los cubanos nos miren a la cara, mujeres desarmadas, pacíficas, campesinas, que nunca pensamos que íbamos a tener que hacer nada así…”
“Yo soy una campesina del interior; tengo una hija que sufre epilepsia; nunca hice otra cosa que atender mi casa; y nunca conocí de cerca el compromiso de mi marido. Llevaba treinta años viviendo con él cuando lo encarcelaron y creía que es ese tiempo le había escuchado todo cuando me quería decir; cuando se lo llevaron, pasado el tiempo, me di cuenta que hubo una palabra que me decía y yo no escuche: libertad. Le escribí un poema a la cárcel para pedirle perdón por no haberle prestado la suficiente atención”.
