Cena de Divorcios

Al final del día tiene que haber algo que impacte o provoque un pensamiento, sino, es probable que no se haya vivido ese día. Positivo o negativo es indiferente. Lo importante es que cuente para poder afrontar el día siguiente con la perspectiva de un hecho positivo, o más positivo.

Hoy Alberto hablaba de su divorcio. Tiene un negocio que atiende al público directamente, y aunque parezca mentira, el divorcio de sus clientes planea y condiciona el pago de las facturas. Si es tanto, por favor Alberto, factúralo a ella. ¿Cuánto crees que vale esto otro para ver si lo pago yo o él?

Tal es la vida material, condicionada al dinero que da la felicidad -estabilidad mínima para no mendigar- que con mayor frecuencia, o quizás desde siempre, los matrimonios son pura transacción económica. Es un hecho.

En el fondo todo está regido por la más elemental superviviencia, no ya de la especie, sino de uno mismo.

Si esto sucede cuando las vacas son gordas, imagina cuando las vacas son anoréxicas. “Nadie quiere a nadie” es una sentencia que envenena el “Sí quiero” de los altares. La conversación entre Alberto y los demás giraba alrededor de la “Custodia compartida”, el abuso patente que la ley otorga a las mujeres con perjuicio de los hombres.

“La Pérdida” nubla, ciega, condiciona, y sólo vale sobrevivir.

Entonces es cuando aparecen preguntas como ¿cuándo ocurre eso que rompe al “sentido común”?, ¿cuándo llega ese momento en que sólo valgo yo?, ¿quién es esta persona que está a mi lado, que no reconozco, y a la que quiero sacar partido?, ¿y los hijos?

Al final del día tiene que haber algo que impacte o provoque una solución.

El Poder de Chris Isaak

Estaba trabajando en mis cosas, y dije: ¡voy a poner música! Así que casi sin escoger nada en particular, Chris Isaak apareció con su estilo ligero, romántico y hasta antiguo podría decirse.

El tal Chris es supercontagioso. Me ha entristecido un poco, y a su vez me ha puesto un tic nervioso en el pie cogiendo el ritmillo de la música.

¿Qué puedo decirles mientras Isaak se queda conmigo?

Pues mi pareja en Navidad me regaló un Kindle de Amazon: pequeño libro electrónico. Todo perfecto! El problema es que ahora tengo más libros electrónicos de los que podría leer en toda mi vida. La cosa etérea de Internet crea una sobreabundancia de casi todo. Chris Isaak también, claro!

Además, no sé si saben, se acabó un año y empezó otro. Dicen, que el último año de nuestras vidas. Con más razón no podré leer todos los libros que tengo ahora. Y espero llegar al último día con el tic del pie, así, como quien le coge gusto a algo.

Humm! Tampoco sé si saben que monté mi propia empresa hace poco más que la mitad de un año muerto. Y funciona! Como diría Galileo: Digan lo que digan, Negocy se mueve! Eso sí, al compás del amigo Isaak! Lento, romántico y noble. A veces triste, a veces alegre, y siempre entretenido y vívido.

Menos mal que Chris le pone ritmillo y calor a esta tarde Iceberg de Zaragoza. 0 grados, y bajando! Lo peor es la niebla que no deja ver a los helados humanos, con ropa, y enfundados en la velocidad inhumana de Europa.

Me voy. Abríguense! Os dejo con Chris Isaak.

El Pollito de Zoe

Vivimos en un apartamento muy pequeño en Zaragoza. Suficiente para 3. No así para 4. Y la niña desde siempre ha querido tener un perro, un gato, o cualquier mascota sin que importe la especie.

Hija única. Supongo que los juguetes de plásticos no son suficientemente vivos ni expresivos, y por eso la Mascota, en su pequeño subconsciente, hace el papel de hermano, hermana, juguetico vivo que se mueve sin pilas.

Un día, encontró un caracol y lo llevó a casa metido en una botella con hojas. Le puso “Babosín”. Hola Babosín! – dijo al día siguiente en la mañana. Un par de días después, murió.

Otro día, una Mariquita en una caja con tapa agujereda, abrió sus alas salpicadas de manchas rojas, hasta que voló, o murió también. No lo recuerdo.

De alguna manera el papel de los abuelos es llevar la contraria a los padres. Y así la abuela de Zoe le regaló un pequeño pollito en una caja de zapato. La niña estaba más que contenta. Alimentaba a su pollito todos los días con granos y pan. Le ponía agua. Lo sacaba a pasear por la casa, y el pollito cagaba el parquet y movía sus patas como si el suelo fuese tierra parda.

¿Zoe qué dice el pollito? Pío, pío, pío… Soy su mamá.

Una semana después, la rigidez en el cuerpo del pollo quedó de manifiesto con la extensión de sus paticas.

Murió.

 

Aviones del más acá

Otra vez. Se montará en un aeropuerto dentro de muy poco. Jugará a probar asientos de estación. Probará perfumes libre de impuestos. Otra vez. Se la llevará un avión.

Cuando las presiones y contrapresiones del aire eleven a los pasajeros, yo estaré hundido en mi asiento de escritorio luchando por sobrevivir.

Cuando los paisajes de una gran ciudad pasen como diapositivas, yo estaré sentado en mi particular butaca de tierra.

Es la vida! C’est la vie! 這就是生活!Αυτή είναι η ζωή! That’s life!

La cosa va de las otras vidas que a uno le hubiera gustado vivir. No tanto por un par de aviones como excusa lógica, o como pérdida de vuelo y equipaje. No es eso.

Es la soledad que viene cuando los aeropuertos quedan vacíos.

El Cine y Yo

Si algo me mantuvo cuerdo, fue apartar 300 pesetas de vez en cuando, de mis 5000 pesetas semanales, para ir al cine.

Era un emigrante en toda ley buscando un futuro mejor, que no estaba dispuesto a aparecer así de sencillo, el futuro mejor, digo. Y luchaba. Y metía cabeza en cualquier oportunidad de trabajo por muy rara, china, y socialista que pareciese. Entonces vendía camisetas, y caminaba Zaragoza para arriba y para abajo halando una maleta con ruedas atiborrada de camisetas feas y caras. El dueño de la empresa era un socialista confeso, y el primer trabajo de la nueva vida fue en un restaurante chino que tenía buen rollito, clases de Tai Chi, y arroces que precisamente no eran delicias.

Siempre me gustó ir al cine, no solo por el hecho en sí mismo de ir al cine y ver una película sino también porque hay algo de tranquilidad sentarse en una butaca a oscuras, solo, aunque esté llena toda la sala, aunque toda la gente mastique palomitas y absorba coca colas como si el fin mismo de ir al cine sea masticar y absorber.

Es el poder magnético de la abstracción, la diferencia, la separación entre la vida real y la fantasía que estamos a punto de ver: Ir al cine. Quedarme solo conmigo mismo, y reírme si quiero, admirar lugares que probablemente nunca conoceré o que ni siquiera existan. Un ritual completo: salir de casa, hacer cola, leer la entrada para averiguar el número de la suerte transformado en asiento, entrar, sentarme, y esperar…

Nunca acierto. Nunca me aproximo al momento justo en que ese alguien que puede ser mágico decide apagar la luz de la sala. Y te quedas allí con el torrente de luz cegadora que de súbito aparece de la gran pantalla, y el sonido que te produce ondas concéntricas en la boca del estómago. ¡Alucinante! ¡Reconfortante!

Cita con el cine como una aspirina. Los días malos de ventas malas, los días chinos de pollo con almendras, los días socialistas de gente socialistas con alma capitalista: ir al cine, como si al salir de la oscuridad fuese otro, como si al salir de la sala la vida cobrase parte de la trama, o la película de la realidad haya rebobinado rápido la parte en que el protagonista grita.

Después, sólo queda alivio, y fuerzas para volver a empezar.