
Yuly, me dijo, escribe sobre esta foto…
Alan Nal estaba enfadado y triste. Discutir absolutamente todo en todo momento era una pérdida de tiempo. Más cuando, pensaba él, la vida viajaba en un solo sentido, y se comportaba como un tren cuya única y última parada era la muerte.
Nunca imaginó hace 15 años los acontecimientos que estaban por venir. La libertad era libre mientras no hubiese reglas, normas, y órdenes, decía. Pero si algo hacía rabiar a Alan Nal era la concentración indiscriminada de alaridos y escenas de franca rivalidad matrimonial para absorber el espacio de uno y otro, o de ambos. ¿Y todo para qué? Para dejar en un pedestal de poder la importancia relativa de los detalles, como centro del universo, como urgencia atropelada de una vida en paz y sosegada, tal como Alan Nal deseó al principio.
La ira es un animal peligroso, siempre se decía. Un día se levantó temprano en la mañana y antes del primer café ya estaba en el centro de una maraña de injurias, ya luchaba por posicionar sus argumentos, ya combatía por la cordura y la lógica de una convivencia natural y tranquila. La ira es como una chispa eléctrica que enciende bombillas fundidas, pensó por primera vez. Se vistió a toda prisa y salió de casa a la velocidad del portazo que dejaba a su espalda.
Tomó el Canfranero desde la capital hasta las montañas agrestes y secas del Pirineo. Necesitaba eso, la lentitud acompasada del traqueteo del tren viejo del Canfranc. Necesitaba ver paisajes, campos de trigo seco, torres eléctricas que aparecen y desaparecen a la misma velocidad, pueblos feos, puentes, y abismos verdes de pinos, hasta llegar a la última parada sin vuelta atrás de la Estación vieja de Canfranc.
Alan Nal buscaba cobijo y a su vez la pérdida de sí mismo. Buscaba la transparencia imposible de su cuerpo. Sólo escuchaba en su mente palabras inconexas de un ambiente saturado de energía negativa. Se preguntaba una y otra vez ¿por qué? Caminaba hacia la verdadera Estación abandonada de Canfranc para refugiarse en los fosos lúgubres y mohosos, allí dónde una vez vivieron trenes. Se hacía preguntas. ¿Qué importancia tiene una miga de pan?, mientras recogía algunos cartones, y los grafitis parecían abrazarlo como acto de bienvenida. Sabía que estaba en un lugar remoto, alejado de la bulla cívica, y le llamarían Alan Nal “El vagabundo”. Pero no importaba la más negra de las realidades si sobrevivir era cuestión de tiempo. El sol entraba tibio y flojo por las hendiduras del techo dejando ver unas paredes antaño blancas, pero hoy amarillentas y pintadas con todo tipo de lemas y pensamientos. “Aquí estuvo A.”, “E. Te amo”.
a.c.rey.23/09/11
SHARE