Al final, lo que pienso es que en Literatura no hay nada definido. Y sí mucha basura definida, publicada, premiada, clasificada por intelectuales que han tenido la oportunidad de meter la mano en el saco, y sacar obras cercanas a sus gustos o a sus amistades, o para aquellos que reporten un beneficio eurodefinido, o políticodefinido.
¿Por qué alguien decide la sangre azul de una Obra? ¿Acaso no sería suficiente con que el escritor la escriba, la publique, y el público decida?
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Papeles de colores
Foto:x.a.c.rey (Confeti en la Plaza del Pilar)
Caminaba por la Plaza del Pilar en Zaragoza. Alguien ya se había casado en el Ayuntamiento. Saqué mi Cannon, y me inmortalicé lleno de felicidad y confeti.
Madroños y Mar
Fuente de foto: x.a.c.rey.
Te presento a los Madroños. Pequeñas frutas silvestres de los bosques de Aragón. Son dulces y rojos. Sin embargo, parece que es normal que no sean muy dulces. No tienen semilla en su interior, por lo que se deshacen en la boca. ¡Cuidado!: Producen empacho si se come mucho.
La experiencia proporciona sabiduría.
Es curioso que, según la Wikipedia, también hay Madroños en Cuba. Y nunca los probé. O sea, que estoy como en casa. Aunque lo más parecido al mar que veo por acá sea un río de proporciones ridículas en estío. Y Siluros que tragan palomas como si fuesen caramelos, “Los tiburones del Caribe”, bien dirían en alguna prensa roja. Sólo que en Cuba los tiburones se tragan a la gente como si fuesen gusanos.
Río Ebro. Cosas fantásticas de la Ebrópolis. En Invierno el río se transforma en algo como Mar. Y los balseros se van en busca de Madroños a cualquier orilla.
Globo de vida para gente idílica

Fuente de foto: Juguetes científicos
¿Quieres una vida plácida, flácida, atareada de jobs and money, y unos fines de semana espectaculares, en la montaña, en la playa, en otro país?
Pues no hagas nada. Tan solo déjate llevar por la corriente urbana que subyace en la conciencia de los demás como un metro. Mímesis underground.
Levántate como todos los días a la misma hora y corre puntual al trabajo. Respeta al jefe que tiene las orejas picudas y en el fondo de su pantalón o falda esconde la cola roja con punta de flecha. No sería pues el diablo sino todo lo contrario. Es la empresa que con cuerdas de dinero fustiga al jefe, y este fustiga a los empleados con restos del látigo del dinero, también.
¿Quieres una vida entera para comprar publicidad enferma de publicidad?
Haz algo pues, que sólo tenemos objetivamente 60 años. Pero no solo en “Tiempo de rebajas” que si no los empleados del jefe dejarán de ser empleados, y el jefe dejará de ser jefe, y la empresa seguirá siendo empresa, salvo en contados episodios. Haz algo pues. Trabaja como un loco y gana siempre lo mismo, que en principio es suficiente para la flácida vidita que te propones. Esa vida rudimentaria y enclenque, programática y asentida, bella y nada célebre, a la vez.
¿Quieres vivir para siempre y ser recordado por siempre como uno de los de siempre?
Pues no te metas en política. Para eso ya hay políticos que te politiquean y cuentan contigo como un apolítico. Por ende, queda demostrado que el voto apenas en un acto cuantificable, diría un matemático. Queda demostrado que el voto pesa menos que un átomo, diría un físico. Está por demostrar que el voto tenga algo de energía capaz de mover máquinas, diría un ingeniero. Entonces, ¿para qué votamos?, te preguntarás.
¿Quieres que esto acabe cuanto antes?
Vale. Pero recuerda que nada es lo que parece. Y la Fuerza no se inventó en Las Guerras de las Galaxias.
Tenga usted buen día. Viaje con este globo.
ACRey
Cuéntame algo que no sea un cuento
Los dos estábamos frente al espejo, pero sólo me reflejaba yo. Recién bañados, recién limpios, recién frotados, de champú y jabón de olor a fresas salvajes. Le dije que no quería escribir la canción más hermosa del mundo. Le dije, en cambio, que Sabina sí.
Entonces vi como la nítida copia de mí fracturaba aquellos ojos que se miraban a sí mismos, se rompían, como un dique que contuviese un mar infectado de delfines saltando de mi cabeza a todos lados. Y no solo eso. Pensé de inmediato que podía escribir el poema más hermoso del mundo. Me dije que Sabina no. Pero ella estaba a mi lado y a la vez cuando me dio su mano, esta se estiraba, como se estiran los fuelles de los instrumentos de música cuando entregan notas melosas y la melodía entonces es una consecuencia.
Comenzó a vestirse como quién se adorna de hojas secas, como quien triste gusta de los colores del otoño. Sin embargo, afuera en realidad estaba el invierno. Zumbaba el aire frío por debajo de la puerta del balcón hasta colarse, apenas, bajo la puerta del baño. Me abrazó de súbito por ese reflejo que se tiene cuando la espalda es cruzada por una fría sensación. Mientras, me ponía yo el pantalón, y no sentía más que una habitación de cerámica fácilmente empañable, saturada de humedad y de aire irrespirable.
También estaba la distancia. Cuarenta centímetros entre nosotros era una simple medida de la no cercanía, un socavón de carretera abandonado a su suerte en alguna de las infinitas calles del desierto en cualquier lugar del mundo, un desvío de raíl de tren, amputada vía en alguna de las viejas estaciones de cualquier lugar del mundo. Así vi como ella montaba en tren, a medio vestir, y se alejaba alcanzando a ver solamente sus ojos grandes y negros, como desapareciendo. Luego vi como el tren atropellaba delfines, tumbándolos a cada lado de su cara.
Los dos estábamos. Pero el espejo era una ciudad profunda, gótica, oscura… y yo no tenía a quien rescatar. Terminamos de vestirnos coronándonos con bufandas, guantes, los gruesos sombreros de invierno, y antes de salir juntos por la puerta, lancé un adiós acristalado de espejo a reflejo, de ciudad imaginada a habitación habitada, como una voz, una onda de traslación que acaso creí entender no la quieras tanto.
Nunca supe después que pasó.
ACRey.