Escribo poesía desde los 16 años, porque -como todo el mundo- sentí aquello que llaman “primer amor”. Entonces, cuando todo acabó, aparecieron por todos lados papeles blancos garabateados con palabras que expresaban la inocencia más terrible. Fue tal el alivio que hoy en día continuo escribiendo poesía por inercia.
Luego emigré de Cuba y, aunque parezca increíble, llegué en tren a Zaragoza. Al principio, leí mis poemas una vez en el bar “El Hemisferio”. Pero eso significó apenas una vela testimonial en la gran oscuridad en que me sumí durante ocho años. La lucha por sobrevivir de quién emigra en claro desfase de tiempo, amistades, ambiente, casi acaba con mi natural idea de entender la vida a través de la poesía; hasta que conocí la posibilidad de escribir lo que pienso y siento en un blog. Así nació Papelbit. Mucho más tarde, leí un poema en el bar “La Vía Láctea” en un maratón poético descomunal. Entendiendo a la poesía como tal o como merece, eso fue todo.
Hace una semana, para alegría mía, supe que leían poesía en el bar “La Campana de los Perdidos”, y fui para escuchar atentamente. Fui, porque además de la pérdida parcial de identidad cubana -ya que al emigrar uno necesita adaptarse y fundirse en la nueva sociedad de adopción, y porque la nostalgia del ambiente literario de la Habana surge a menudo como un recuerdo extraviado, creí suficiente acaso conocer en persona la atmósfera poética de Zaragoza. Y tuve muy grata sorpresa.
Domingo. 22:00 de la noche. Poquitas personas alrededor de un pequeño escenario. Un micro. Una pantalla. Y la poesía comenzó a fluir de la voz de Ana Muñóz, Juan Luis Saldaña, Octavio Gómez Millán, La Europa del Aborigen (dúo de sonidos minimalistas y poesía), Enrique Cebrián, y Carmen Ruíz Fleta.
Excepto la alegre complicidad entre amigos que bien se conocen, por natural e íntimo, la lectura fue bella y de gran calidad, especialmente Carmen Ruíz Fleta. Siempre he oído decir que un poeta debe saber leer sus poemas, o de lo contrario grandes textos pueden quedar reducidos a meras palabras incomprensibles. No es lo mismo leer poesía que escucharla en la propia voz de sus autores. Carmen, en la Campana de los Perdidos, me emocionó.
Como digo, me ha alegrado mucho encontrar a los poetas que creía perdidos, encontrar al ambiente cómplice y poeta, a las palabras que libres mutan en la noche, para bien de la Cultura, por el bien del equilibrio de los cuerpos poéticos, los autores, los oyentes que mueren de admiración ante palabras tan simples.
¡Hasta la próxima lectura, compañeros! Mientras, aquí en Papelbit seguiré escribiendo.
