Dentro de un límite

La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones, o eso imaginé, porque llevaba unos días sin centrarme y aturdida por las obligaciones, sin ningún motivo aparente. Debía ser por tantos ratos de espera en la entrada de aquel despacho de abogados, mirando sin ver esos elegantes animales de adorno, que vigilaban sin expresión los movimientos de impaciencia de los clientes, abrumados por la larga espera. La gestión de mi asilo político no estaba resultando fácil y la anciana a la que cuidaba, se estaba impacientando por mis continuas salidas. Me decía que podía irme sin problema, pero que no olvidase todo lo que faltaba por hacer y que ella no perdonaba su paseo matutino, aunque muchos días le daba pereza y se quedaba frente a la tele, opinando sin que nadie la oyese, ni siquiera yo.

A pesar de su extremo control y constante supervisión, era amable e intentaba interesarse por mis desvelos, pero no le gustaba quedarse sola ni un minuto, le daba miedo morirse sin compañía. No dejaba de repetirme que a ella no le importaban los comprobantes de compra, que me los pedía porque su hija era muy desconfiada y le insistía en que, por el bien de todos, era mejor fijarse en los gastos y, sobre todo, en las vueltas. Desde que nos conocimos, cuando me contrató negociando en nombre de la señora y achacando a su vejez el horario tan poco flexible, nunca nos llevamos bien. Su lista de preguntas impertinentes fue interminable, exigió varias recomendaciones que tuve que inventar sobre la marcha y terminó pidiéndome discreción y compostura. Sin embargo, casi se le olvidó comunicarme cuál sería mi sueldo y si iba a disponer de
alguna tarde libre para despejarme. Nerviosa y mirando el reloj, zanjó la cuestión indicándome que el descanso, dadas las circunstancias (que no tuvo a bien explicarme), no podía garantizarse hasta ver cómo desarrollaba mi tarea y sin consultar con el resto de la familia. Yo asentía y sonreía complaciente, segura de que llegaría mi momento.

Por otra parte, mi marido cada vez estaba más alterado en nuestras conversaciones de teléfono, mucho más breves que las que mantenía con mi hermana, indecisa todavía entre seguirme o quedarse padeciendo penurias. Él estaba preocupado, o eso me transmitía, por la situación del país y por los niños, que le agobiaban, aunque quien más se ocupaba de su crianza era mi sufrida madre, capaz de hacerse cargo de todo sin quejarse de nada. Bien sabía yo que no me echaba de menos, porque vecinas de allá me habían contado sus frecuentes andanzas detrás de otras faldas. No obstante, no me atrevía a sacar esos líos cuando charlábamos con frases forzadas y demasiados monosílabos, porque temía su mal carácter y una reacción airada que terminaría en borrachera, una ausencia de varias noches, fuertes reproches a su suegra y gritos a esos pequeños, que estaban creciendo sin que yo los disfrutase.

Además, la dueña del piso que compartía con otras muchachas nicaragüenses nos quería subir el alquiler un buen pico, porque éramos muchas, la vida estaba muy cara y su pensión no llegaba a fin de mes. Yo no dormía ya allí desde hacía unos meses, porque habían dispuesto un cuarto para mí en la enorme casa de mi jefa, donde me encerraba a menudo un buen rato para estar tranquila y mandar mensajes. Pero me gustaba mantener por si acaso mis cosas en un rincón de aquella minúscula habitación, cedida a otra chica mientras buscaba una colocación, por una módica cantidad. Siempre me ha gustado la ropa y me encanta ir de tiendas para encontrar oportunidades, que pago con la parte de la paga que me guardo, sin mencionársela a nadie. Sin duda, es lo mejor de vivir aquí, esa libertad que voy logrando transcurrido un tiempo en el empleo y que me permite salir cuando quiero y tomar mis decisiones, dentro de unos límites.

De modo que, cuando sentí las palabras de aquel felino hortera llamándome perdedora, fue el colmo entre tanta vicisitud y un rugido interior se apoderó de mí y de mis actos, convirtiéndome en la reina de aquella selva fea e injusta, que devoraba mi tiempo, mi trabajo y mi dignidad. Después de dedicarle cuatro palabras malsonantes al engominado letrado que me estaba mareando, salí a la calle dispuesta a disfrutar de una buena juerga y a comenzar una nueva vida, en la que cabían únicamente mis hijos y mi recién recobrada autoestima.

Dos días más tarde, he tenido que bajar avergonzada los ojos ante ese chabacano mamífero carnívoro de cerámica que ahora parece reírse de mí. He llamado a la señora para pedirle perdón y, a pesar de que me ha comentado que estaba entrevistando a otras excelentes opciones, ha terminado diciendo que más vale lo malo conocido (supongo que se refería a mí). Y esta misma tarde mandaré más dinero que otros meses a casa, a ver si consigo que mi hombre vuelva donde debe estar, aunque sea dando tumbos.


Más relatos de María José Guillén en su web: Mispalabrasconletras.

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