El Cine y Yo | Un relato de Alan Nal

Luces desenfocadas

Si algo me mantuvo cuerdo, fue apartar 300 pesetas de vez en cuando de mis 5000 pesetas semanales para ir al cine. Era un emigrante en toda ley buscando un futuro mejor, que no estaba dispuesto a aparecer así de sencillo. El futuro mejor, digo. Y luchaba. Y metía cabeza en cualquier oportunidad de trabajo por muy rara, china, y socialista que pareciese. Entonces vendía camisetas, y caminaba Zaragoza para arriba y para abajo halando una maleta con ruedas atiborrada de camisetas feas y caras. El dueño de la empresa era un socialista confeso, y el primer trabajo de la nueva vida fue en un restaurante chino que tenía buen rollito, clases de Tai Chi, y arroces que precisamente no eran delicias. Siempre me gustó ir al cine, no solo por el hecho en sí mismo de ir al cine y ver una película sino también porque hay algo de sosiego sentarse en una butaca a oscuras, solo, aunque esté llena toda la sala, aunque toda la gente mastique palomitas y absorba colas locas como si el fin mismo de ir al cine fuese masticar y absorber. Es el poder magnético de la abstracción, la diferencia, la separación entre la vida real y la fantasía que estamos a punto de ver: ir al cine. Quedarme solo conmigo mismo y reírme si quiero, admirar lugares que probablemente nunca conoceré o que ni siquiera existan. Un ritual completo: salir de casa, hacer cola, leer la entrada para averiguar el número de la suerte transformado en asiento, entrar, sentarme, y esperar. Nunca acierto. Nunca me aproximo al momento justo en que ese alguien que no conozco, ese ser mágico decide apagar la luz de la sala. Y te quedas allí con el torrente de luz cegadora que de súbito aparece en la gran pantalla, y el sonido magnificado que te produce ondas concéntricas en la boca del estómago. ¡Alucinante! ¡Reconfortante! Cita con el cine como una aspirina. Los días malos de ventas malas, los días chinos de pollo con almendras, los días socialistas de gente socialistas con alma capitalista: ir al cine, como si al salir de la oscuridad fuese otro, como si al salir de la sala la vida cobrase parte de la trama, o la película de la realidad haya rebobinado rápido la parte en que el protagonista grita. Después, sólo queda alivio, y fuerzas para volver a empezar.

ALAN NAL. ZARAGOZA 2000.

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