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Escenario A

Salgo de la casa a las tres de la tarde. Hacía calorcito casi, como el presagio apenas del fin del invierno. En la acera de enfrente una mujer gorda, blanca, de pelo negro largo y ojos negros de mirada perdida, estaba como sentada en sí misma. Piernas flexionadas, casi en postura zen o yoga, concentradamente con los ojos cerrados. Ya de por sí era raro ver a alguien meditando -parecía- a plena luz del día, a plena calle. A las tres y tres, cuando alcanzo el paralelismo suficiente, veo unas nalgas gigantes de aspecto trasnochado que sobresalían de la figura zen. Un grupo de jóvenes paseaban por la acera de enfrente muertos de risa, por decir algo. Otras gentes que pasaban tragaron en seco. La señora meaba plácidamente. Luego abandonó su asiento, y a la luz diurna blanquísima, cubrío sus pelos del pubis con su cubrepubis blanco amarillento. Aliviada echó a andar, y otra señora, ajena y enajenada, caminó por encima de la marca húmeda de la acera.

Escenario B

En los asientos del autobús, una pareja de cubanos, discutían sobre la información aparecida en los medios informativos españoles, aquella sobre el cupo policíaco de llenar las arcas carcelarias con 35 inmigrantes, ni uno más ni otro menos. Además del acento cubano, decir ¡qué bolá!, era como decir: soy cubano. Y por el ritmo clandestino de la conversación y el temor implícito, lo más probable es que no tuviesen papeles. De ahí la conversación. De ahí recordar aquel tiempo semejante en que ser inmigrante sin papeles, era mejor que vivir en Cuba.

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