La cretina realidad (2)

Escenas literatas del Frago
Casa de campo.

Hoy fui al pueblo del Frago a desarmar unos armarios. Si llego a saber que estaban tan malos y viejos hubiera llevado un hacha para acabar más rápido. Después de terminar, me tomé un café con el tío José Antonio y allí me enteré del escenario A.

Escenario A

Era el año 1960 más o menos cuando mi suegro Manolo ya tenía un taller mecánico para coches, cambio de neumáticos, filtros, aceite, las cosas normales de un taller mecánico de la época. La gente pobre y la gente rica, también normales para la época. El tío José Antonio estaba allí cuando entró un hombre con un Jaguar, un coche de lujo y caro. Supongo que para la época tener un Jaguar sería algo así como la demostración evidente de que tu economía iba como dicen: viento en popa y a toda vela, algo así como comer carne todos los días, caviar, y demás ultramarinos, en una suerte de Navidad permanente. Es así que mi suegro le dice al tío: ¡míralo bien que luego lo vas a ver en el Pilar! Cuando Jose Antonio más tarde fue a la plaza del Pilar en una suerte de Misa permanente, el hombre del Jaguar estaba sentado a la puerta de la iglesia pidiendo limosnas, pero con los brazos atrás escondidos en la camisa.

Escenario B

Queríamos comprar una casa en El Frago, un pueblito minúsculo en la comarca de las cinco Villas en Aragón. Ya la dueña había fijado con nosotros un precio, de palabra, 6000 euros. Hubo un tiempo en que empeñar la palabra era moneda de cambio, y en cambio, si incumplías, te cortaban la palabra, o la mano, o la lengua, en fin, romper una palabra no era emocionalmente barato. Ilusionados, contentos a rabiar, fuimos a hablar con el vecino de al lado de nuestra futura casa para conocer cómo podríamos hacer con una pared divisoria y monumental que separaba ambas casas. Los pueblos de Aragón con los siglos se fueron construyendo en casas sobres casas y divisiones a placer. Luego, más construcciones sobre divisiones, dando lugar en la actualidad a un resultado laberíntico de casas y calles pueblerinas que la ley rehuye atajar de una manera clara. Casualmente el vecino tenía su propia empresa de obras y reformas, y su casa contigua a la nuestra apalabrada, ya obraba. Nos aseguró así, en otra palabra aportada como un maravedí, que entre un mar de reformas por venir, no deseaba en absoluto nuestra casa, y la pared divisoria columna maestra de ambas casas, era inamovible por consecuencias obvias. Un mes después, entre tanta palabrería de unos y de otros, nuestro futuro vecino compró nuestra futura casa por más dinero a la señora dueña vendedora. Quisimos cortar lenguas y cabezas pero lo más cívico fue compararnos otra casa, pero en el pueblo de Agüero, a una distancia prudencial de 2 horas en coche, lejos de los despalabrados.

Alan Nal 2008

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