Marina Abramovic, performance en tres actos. Primera parte: «Rhythm 0»

Hablar de la serbia Marina Abramovic, es hablar de una ARTISTA ÚNICA, así, con mayúsculas, porque muy pocos artistas hay que hayan traspasado tanto el límite entre el arte y la vida. Ambos los ha llevado a caminos oscuros, retorcidos, pero también bellos e incluso románticos. Una obra experimental sobre el ser humano, sus miserias y sus bondades.

Resumir su obra en un solo post sería imposible, más bien podríamos dedicar la revista entera en ella, porque tanto su obra como ella misma, son hipnóticas, y cuanto más investigas sobre ambas, más te adentras en un mundo tan real como onírico, en el que puedes profundizar hasta el infinito y más allá.

Por eso, a la hora de escribir sobre ella he decidido hacerlo en tres actos, como una obra de teatro, con sus tres performances más emblemáticas o por lo menos las que más huella han dejado en mí. Primer acto, presentación del personaje e introducción al conflicto: «Rhythm 0». Segundo acto, desarrollo del conflicto: «The Lovers: The Great Wall Walk». Tercer acto, desenlace final, giro inesperado de la historia: «The Artist is present».

Sumerjámonos juntos en esta mente, en esta artista, con «Rhytmn 0», una performance que pretendía ser una reflexión sobre la confianza y se convirtió en un experimento sociológico que demostró el poder de la masa sobre el ser individual que no opone resistencia.

«Soy un objeto. Me hago responsable de todo lo que pueda suceder en este espacio de tiempo. Seis horas. De 20 a 2 horas» Así rezaba el afiche bajo los pies de la artista, que permanecía inmóvil en el centro de la sala. Cercana a ella una mesa con 72 objetos, divididos en dos secciones:

  • Objetos de placer: plumas, flores, un perfume, una polaroid…
  • Objetos de destrucción: unas tijeras, cadenas, un látigo, un cuchillo, hojas de afeitar, una pistola cargada…

A partir de ahí los visitantes podían interactuar con ella como desearan, usando o no cualquiera de los objetos expuestos.

Las primeras tres horas de la performance pasaron casi sin pena ni gloria, los primeros en acercarse fueron los fotógrafos invitados a la exposición y luego tímidos e inocentes acercamientos de personas anónimas. Se producen besos, abrazos, le dan flores, la convierten en una escultura y la colocan en diferentes poses… la artista permanece impasible, cumple la premisa creada por ella, se convierte en un objeto para el uso y disfrute de los asistentes.

A partir de la tercera hora, va subiendo poco a poco el nivel de actuación y no precisamente hacia actos positivos o cariñosos, sino más bien todo lo contrario. Comienzan los primeros empujones, los desgarrones de la ropa, las primeras agresiones… A la cuarta hora, ya la han agredido sexualmente, la han dejado completamente desnuda, le han clavado espinas en el vientre y le hacen cortes en diferentes partes del cuerpo.

Hasta que llega el momento más «heavy» de la performance en el que es apunta con la pistola, un sector del público intenta protegerla y otro se mantiene a favor del agresor, obviamente son los que ya han abusado de ella, los que han usado el poder otorgado por la artista para herirla, para plasmar su soberanía sobre ella. La artista cuenta que en ese momento sintió que podía llegar a morir de verdad.

Cuando finalizan las seis horas y Marina, desnuda, herida, atraviesa la sala para marcharse, y dar por finalizada la performance. Nadie se atreve a mirarla a la cara, el «objeto» vuelve a ser una persona, que se mueve y que siente.

Ni Marina, ni el público se esperaba al principio de la performance que ésta transcurriría en estos términos, en los que la violencia se convertiría la protagonista.

El ser humano es impredecible, o predecible, según se mire, solo se tienen que dar unas determinadas circunstancias para que lo mejor y lo peor de nosotros aflore. A mí este experimento me recuerda al Señor de las Moscas, en los que unos niños inocentes se transforman en seres humanos crueles (esta historia podría dar también para un post aparte, quizá lo haga, ahí lo dejo).

La masa cuando se une es poderosa y ese poder se puede usar hacia el bien o hacia el mal, «todos a una, Fuenteovejuna», pero en el ser individual está el dejarse llevar por la marea para salvar al náufrago o para ahogarlo.

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