Marina Abramovic, performance en tres actos. Segunda parte: «The Lovers: The Great Wall Walk»

Hubo un tiempo en la vida de Marina, en la que sus experimentos, sus performances, su arte, no los desarrolló en solitario, los compartió con quién llegaría a ser su gran (y único conocido) Amor.

Marina Abramovic, la mejor artista del mundo en Performance creativos, arte efímero y transitorio.

Francesco Pierantoni from Bologna, Italy - Marina Abramović.
De Francesco Pierantoni from Bologna, Italy – Marina Abramović. The Cleaner, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=76290796

Hablamos de Frank Uwe Lysipien, rebautizado así mismo como Ulay, un fotógrafo y artista alemán que con 33 años lo dejó todo, incluidos una mujer y un hijo y se marchó a vivir a Ámsterdam. En el imaginario popular existe la crisis de los 40, pero yo siempre he pensado, que esta edad es un momento de crisis existencial, o de hacer una parada en el camino, ver de dónde venimos y hacia dónde vamos, 33, la edad de Cristo, el momento de Muerte y de Resurrección -de hecho yo a esa edad tuve a mi hija- claro, que también pudiera ser una simple casualidad lo de Ulay, y lo mío, bueno, coletazos que todavía quedan en mi subconsciente de mi educación católica.

Sea como fuere, en 1976 Ulay dio un giro a su vida y en medio de esa curva apareció Marina, con quién comenzaría desde el mismo instante de conocerse una relación sentimental y artística. Una auténtica relación de amor-odio, lo que hoy llamamos una «relación tóxica», «un ni contigo ni sin ti», una relación tormentosa y emocionante a partes iguales. Claro que de no haber sido así su relación, nos hubiéramos perdido una de las despedidas más románticas de la historia y yo no estaría escribiendo este artículo.

Pero me estoy adelantando, no es hora todavía de decirse adiós, sino de conocerse, de enamorarse, de comprarse una camioneta y recorrer Europa. Eso es lo que hicieron, llevando la pasión al extremo y expresándola así en sus performances.

Se convirtieron en un solo yo, vistiéndose y comportándose como gemelos, experimentando sobre el ego de uno mismo y del otro. Siguieron buscando, experimentando y trabajando las energías femeninas y masculinas, ¿dónde empieza una y acaba la otra? ¿ambas están presentes en cada uno de nosotros? ¿es una la que predomina sobre la otra? Esas son quizá las preguntas que nos podemos hacer nosotros si nos ponemos a reflexionar sobre ello, pero ellos no, ellos las mezclaron, pusieron su cuerpo al límite, abandonaron us egos y las convirtieron en un tercer elemento «that self».

Desconocemos el autor de esta foto. Nos gustaría mencionar a su autor. Fuente de la foto: https://todoscontraelarte.blogspot.com/2013/06/el-encuentro-de-marina-abramovic-y-ulay.html

Para mí lo que más define su relación, tanto personal como profesional, es la intensidad. Todo lo hacían con intensidad, se amaban con intensidad, trabajaban con intensidad, buscaban con intensidad y ¿qué pasa cuando todo es intensidad? que hay un momento en el que ni el cuerpo ni la mente pueden más con tanta intensidad, y más si se te ocurre idear «Death Self» una performance en la que unían sus labios para inspirar el aire que expiraba el otro, agotando así todo el oxígeno disponible. Les costó 17 minutos conseguir el objetivo que buscaban con esta puesta en escena, absorber la vida del otro y modificarla o destruirla. No soy de ciencias, pero creo recordar que aprendí en la escuela que respiras oxígeno y expulsas dióxido de carbono… así que por muy romántico que os parezca crear un circuito cerrado de inhalación-exhalación con vuestra pareja ( a mí me lo parece, absorber, ya no la vida como planteaban ellos, sino la esencia del ser que tienes enfrente y al que amas) mejor no lo probéis, o a los 17 minutos ambos caeréis desmayados porque vuestros pulmones se habrán llenado de dióxido de carbono.

Pero este no fue el fin, ni de ellos ni de su relación, siguieron, trabajando, jugando, amándose y odiándose hasta que 12 años después de haberse conocido llegó «The Lovers: The Great Wall Walk» una despedida, a la altura de su amor, de su arte. Realizaron un viaje espiritual por separado, ambos recorrieron 2500 km de Muralla China, Ulay partió del Desierto de Goby y Marina del Mar Amarillo, cuando llegaron al centro, simplemente se dijeron «Adiós».

El final perfecto para una historia de amor imperfecta.

Un final de película.

No.

Un final real.

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